Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[381] Barahúnda.


Últimamente me ocurre que no sé de qué hablar. Y no me refiero a este blog, que está ya más moribundo que vivibundo, ni a cualquier ocasión de supermercado o ascensor, que se resuelven con comentarios bobos y lugares comunes. El problema está donde antes nacían conversaciones amenas y duraderas. Porque yo siempre fui buen conversador y hasta buen indagador, que es virtud menos frecuente. Pero ya no lo soy porque creo que ya no tengo ganas.

Ocurre que cualquier cosa que pueda decir no me interesa y que, además, sé que lo que quiero decir no lo van a entender. Ése es el quid del que nace toda la cuestión palpitante. De nuevo estamos en dónde decíamos ayer: todo lo que me viene a la cabeza es gris y húmedo, como la lluvia que no se va de mi ventana desde hace ya tres días, tantos como Cristo tardó en volver de los infiernos.

En los últimos tres años he ido transformando los vínculos que tenía con otras personas. Algunos de ellos, los más fuertes y los más visibles, fueron duros y trabajosos de roer, como si estuviesen tejidos en cuero. Por eso (¿por qué, si no?) fue doloroso darles otra forma, sigue siéndolo. Aún así siempre se trató de un padecer emocional en el que no pareticipaba mi cuerpo, como no fuese abandonándose en aquello de comer y dormir. Ahora, para mi sorpresa, estoy experimentando lo contrario. Hace pocos días derribé de su pedestal a un ídolo cuya adoración a veces me fue de ayuda, pero que siempre me exigió demasiados sacrificios (me estoy refiriendo a una persona, claro, las metáforas me vuelven loco). El caso es que a las pocas horas ya estaba mi cuerpo traduciendo todo a su idioma: retortijones, dolores, fiebre y hasta una crisis epiléptica, de esas que se habían extinguido hace ya una docena de años.

No sé por qué -miento, sí que lo sé- acabo de recordar aquel cuento de Andersen, que alguna vez he mencionado ya, y que habla de una golondrina que repartía entre los necesitados las láminas de oro que cubrían la estatua de un príncipe. Muy lindo, sí, pero la interpretación que siempre se le da a este cuento tiene ida y vuelta: también puede verse como la historia de un tarugo de madera que, sabedor de su fealdad, se cubrió de pan de oro para conseguir ser admirado, sin contar con que el oro se lo llevará el invierno, dejando a la vista no sólo la veta de vulgar pino, sino también el miedo que intenta ocultar.

¿Y qué hubo del sufrimiento moral y la decepción y el sentimiento de abandono y la indignaciób y todas esas cosas siempre presentes en los escritos de Sísifo, que serán estudiados por las generaciones futuras para la recta formación de sus vástagos y solaz de sus infantes? Pues poquita cosa, debo decir. Y al decirlo dios sabe que lo siento, porque todo eso da mucho juego y, como en la televisión, sacándole lagrimitas al público es más fácil conseguir de él el aplauso. Pero esta vez toda esa barahúnda de emociones se ha quedado en poco más que extrañeza por no terminar de entender qué estaba haciendo yo aquí -o sea, allí- hasta hora, y de alegría porque ya cada vez veo más cerca el verme donde quiero estar y haciendo lo que quiero hacer.

Sí que se me hace extraño no acabar vertiendo cuatro lagrimones. Alguna vez habría que acostumbrarse.

 

 

Marco A. Muñiz & Chucho Avellanet. Tiempo y destiempo.

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2 Responses

  1. Echas de menos las emociones. Eso ya es una emoción en sí misma, diría yo. Hay situaciones que surjen, no se pueden formar.
    Pero a mí este post me ha recordado a mi madre, Sisifo. Ella tiene su teoría: hay que hablar, aunque sea del tiempo. Siempre hablar. No hablar no es bueno.

  2. Mi web dice:

    a mi lo que me seduce es la imagen…

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