Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[362] Lunas.


Hoy me he puesto en manos de un trasquilador que nunca le había hincado el diente a mis guedejas. No han faltado comentarios acerca de su espesura y su aspereza. Yo me he dejado hacer mientras sentía las manos del peluquero masajearme la cabellera y veía mis mechoncitos caer en trayectoria vacilante hasta el suelo brillante, donde dibujaban una constelación de lunas crecientes y menguantes, una por mechón, una por bucle.

lunas

Hace unos días acudí a un concierto de mi antiguo compañero del alma, compañero. Debería decir que se trató de un concierto mío, pues a cada tema correspondía una explicación en la que yo estaba presente a modo de musa inspiradora. Debo decir que las musas le acudían sobre todo cuando nos enojábamos, o más bien cuando él se enojaba conmigo, porque yo soy de ánimo más tranquilo, o quizá más contenido, o quizá más flexible. Por eso en sus temas no siempre salgo bien parado, pero aún así me gusta volver a escucharlos y recordar la primera vez que me los cantó a mí en privado, como intentando lavar lo que enturbiaba el afecto que nos teníamos, que era mucho y muy hermoso.

La cuestión es que en una de esas parrafadas intercostales, en un arrebato impropio de mí, al sentirme de nuevo aludido me levanté de mi asiento y saludé al público, que me aplaudió. Me senté un poco arrebolado, sin saber por qué lo había hecho, yo que tengo tanto miedo escénico, salvo cuando de hablar se trata. ¿Estaré descubriendo mi vertiente exhibicionista? No lo quiera dios. Dicen que los músicos son gentes de mal vivir.

Luego, al sentarme, reparé en un mancebo amigo del artista, más o menos de mi misma quinta, que, desde una esquina y solo, me observaba, o más bien me escrutaba. Tardé en darme cuenta de que, desde mis quince hasta mis veintitantos años, él y yo habíamos sido vecinos, sólo que el tiempo había hecho bastantes estragos en él, seguramente más que en mí. Era un jovenzuelo silencioso, meditabundo, atlético y tremendamente hermoso con el que no recuerdo haber cruzado nunca más de dos palabras: hola y adiós. Su costumbre de no levantar nunca la vista del suelo me dejaba libertad para observar su perfil afilado, sus ojos enormes, sus hombros anchos, su vientre plano y, sobre todo, su pelo rubio. El color dorado en el cabello siempre me ha despertado fascinación: me recuerda a los reflejos del sol sobre el agua tranquila, al brillo atornasolado de las alas de una mariposa, al rocío mañanero y a otras cosas que la naturaleza nos regala a los que no nos cansamos de buscarlas. Se podría decir que mi Zagal de hoy en día -media luna las astas de su frente y el sol todos los rayos de su pelo- si por algo me retiene es por esos brillos de su flequillo, por el pozo sin fondo de sus ojos verdes y por alguna otra cosa más.

Me desvío del tema y no sé cuál es el tema. Sólo sé que desde el día que volví a verlo he pensado con frecuencia en ése que fue mi vecino, dorado como el maiz, sabroso como la miel. Creo que el motivo es sólo uno: he descubierto que, si a mí me gustan los jóvenes, a él también, y de esto vengo a enterarme varias legislaturas más tarde, tarde, tarde. La imaginación es traidora y me trae a la cabeza otros posibles finales para una historia que nunca existió, porque antes de nacer moría en la escalera o en el ascensor.

Para mañana se esperan nubes y claros. Las nubes yo me las meriendo, porque estoy descubriendo que la lluvia no pasa de la piel para adentro. Los claros los aprovecharé para calarme las gafas de sol y repostar un poquito de la energía del sol. Luego amaneceré de mi siesta rubio y radiante y, en campos de zafiro, paceré estrellas.

firma_sis

Silvio Rodríguez. Rosana.

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Archivado en: memoria

2 Responses

  1. Groucho dice:

    Sísifo, me gusta cómo escribes, desde el estómago.
    Con las tripas.
    Saludos.

  2. Winnie0 dice:

    Me uno a Groucho… escribes desde dentro y lo haces tan tan bien que veo a tu vecino, al músico y a tu zagal… te veo a ti y… me gusta lo que veo. Besos

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