Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[361] Sotanas.


– Con frecuencia me resulta difícil su compañía. Precisamente cuando se empeña en mostrar toda su singularidad, todo su ingenio, toda su inteligencia, es cuando menos interés tiene para mí y cuando más me sobra a mi lado.

– ¿Por qué?

– Porque se hace evidente que intenta fabricar una autoestima ficticia que suplante la suya tan maltrecha. Eso es lo que me molesta.

– ¿Por qué? La pregunta siempre es la misma: ¿por qué?.

– Pues supongo que será porque en su farsa veo cosas de mí que no me gustan. Con frecuencia recurro a tretas semejantes o peores.

– ¿Qué cosas no te gustan de tí?

– Todas aquellas que son el resultado de haber tenido que pasar por trances dolorosos que me han dejado heridas que aún no han cicatrizado.

– Las heridas no siempre cicatrizan. A veces hasta se infectan.

– Sólo deseo algún día verme lleno de cicatrices, y no como ahora, cubierto de llagas.

sotanasAutor: Banksy.

Aproximadamente así fue una conversación que viví hace un par de veranos. El calor invitaba a acampar en la oficina en paños menores y la playa esperaba cada mediodía mi llegada, al hombro la toalla y bajo el brazo un libro. Hoy abril marcea regando mis ventanas con el agua que las nubes le robaron al mar. Pronto abrileará abril, cara a su fin, y el aire seco y la mucha luz me harán más feliz, o tal vez sólo me harán creer que soy más feliz, que viene siendo la misma cosa, pero sólo viene siéndolo.

He descubierto ua nueva llaga. Necesito restañarla. A ello voy.

He tenido dos sueños separados por unas pocas semanas que se podrían decir capítulos de una misma serie. Hay cosas en ellos que puedo interpretar como metáforas de mis inquitudes, de aquellas que incluso a mí me están ocultas. Pero para creer eso hay que creer que hay más que sangre y huesos y víceras y carne dentro de nosotros, y la mayor parte de los occidentales no lo creen, y si lo creen es para defender la existencia de una entidad trascendental que perdura más allá de la muerte y condensa dentro de sí la carga moral de nuestros actos, o sea, paparruchas. Y precisamente de estas paparruchas hablan mis sueños.

Yo estaba solo en Santiago de Compostela, entre lusco e fusco. Me sentaba en la terraza de una cafetería bucólicamente encantadora que descubrí años ha, cerca de donde vivían mis abuelos, cuando pasaba por allí con Aleph, el que fue mi compañero de vida, y la que pocos días antes de este sueño había acudido con mi Zagal, que ahora intenta ocupar mi corazón en vano. En el sueño la calle estaba oscura, predominaba el gris y una capa de polvo reseco lo cubría todo. Cruzaba cuatro palabras con una encantadora e inquietante anciana, única persona que ocupaba la terraza, aparte de mí. Yo entraba en el local con un palo en la mano, lo que aquí llamaríamos un garabullo. El interior de la cafetería era muy distinto de la realidad: tasca de pueblo oscura, sucia y ruidosa. Apoyaba contra la barra el garabullo, que no se tenía en pie, y me dirigía al camarero para preguntarle por el servicio. Me respondía con una sonrisa. Otro camarero más joven, apenas un adolescente, se me acercaba despacio y sonriente. Luego me abrazaba, haciéndome sentir que allí yo era querido, tanto como nunca antes había sentido. Fundido a negro, créditos, fin.

Hasta aquí el primer sueño. El segundo lo completa y lo altera y lo llena de preguntas.

Mismo local, mismo color gris, casi negro. Entraba con mi Zagal, pero esta vez se trataba del local de algún tipo de organización religiosa ultracavernícola y preconciliar. Un sacerdote ensotanado nos recibía sentado a una mesa cerca de la puerta. Su cara me sonaba porque se parecía al más que sabroso protagonista de una película en la que interpretaba al sádico director de un colegio católico que gustaba de recurrir a las palizas a la primera ocasión. Más que parecerse, era él mismo. Sin abrir los labios, su mirada me dirigía un sonoro “¿por qué?” que me inquietaba. Mi Zagal, muy sonriente, me llevaba a una sala aparte, donde nos sentábamos a una mesa y pedíamos un refresco. Al poco raro el cura entraba a grandes zancadas, se me acercaba y con un alfiler prendía de mi ropa un papel en el que estaba escrito “¿por qué?”. Yo tenía miedo. Sabía que su pregunta se refería a lo que mi Zagal y yo pudiéramos hacer en la cama, como si supiese demasiado de nosotros. De nuevo fundido a negro, créditos, fin.

Veremos si viene una tercera parte.

Entre tanto, estos sueños me han dado para pensar sobre mi relación con el hecho religioso, por denominarlo de manera neutra. Hoy leí que un periodista americano ha escrito un libro narrando cómo vivió siguiendo a pies juntillas lo que la Biblia manda, a lo largo de todo un año: La Biblia al pie de la letra, se titula. Obviamente hoy en día no es fácil celebrar holocaustos o seleccionar las comidas, pero menos lo es vender a una hija como esclava, o prescindir de utilizar utensilios el sábado, o lapidar a las mujeres adúlteras, como a nadie le gusta pagar diezmos, pero parece que el experimento ha tenido bastante éxito, dentro de lo que cabe. Y vaya si cabe. La religión como yo la he vivido ha sido algo bastante menos honesto. Los escasos años que pasé en un colegio de monjas me sirvieron para entender que mi madre -antítesis de la sagacidad filosófica- es capaz de retratar bien claramente el meollo del asunto del siguiente modo: se trata de vivir con arreglo a un principio supremo, en cuyo nombre y por cuyos fines todo está justificado, incluso acabar con la hacienda, el honor, la salud y la existencia del prójimo. Si Dios lo quiere, Dios lo merece, no el hombre. Y así pasé años atemorizado, reprimido, amenazado, coaccionado, ridiculizado y, en el mejor de los casos, sermoneado y catequizado por curas y monjas que, en el nombre de Dios, intentaban hacer de mí un pelele.

Parece que no les salió bien, pero a un precio bastante alto para mí.

El caso es que entiendo la emoción religiosa porque la he experimentado. Dios se presenta como un padre amoroso pero implacable, que promete el bienestar supremo del cielo a cambio de la sumisión a unas leyes caprichosas cuya interpretación, reservada a unos señores de negro, es siempre muy subjetiva y, sobre todo, tendenciosa e interesada. Quien tiene fe siente al mismo tiempo la dicha del hijo que recibe el amor del padre y la desdicha del que recibe su castigo, porque el uno y el otro van siempre mezclados: el ser humano es sucio y pecador, incluso desde el mismo día de su nacimiento. El cristianismo se basa en la celebración de la muerte como rito fundamental, en la recreación perpetua del sufrimiento que Dios padeció para lavar los pecados de sus hijos, en la visión de los fieles como seres impuros y en un permanente sentimiento de culpa que sólo se limpia a través del sufrimiento para, a continuación, caer de nuevo en la impureza del pecado que implica la simple existencia. Desquiciante para quien quiera llevarlo a rajatabla, abrumador para quien necesite vivir en la hipocresía de creer en unos principios mientras vive según otros.

Las sotanas despiertan dentro de mi pecho la desesperación del niño que se siente repudiado por su padre en nombre del amor que el padre le tiene: es la resignación a un amor basado en el sadismo, el “más me duele a mí”, el “si te castigo es por tu bien”, el “qué poco agradeces mis sacrificios”, el “sólo aprendes a palos”. Lo que es bueno para el niño y lo que le hace sufrir, juntos en la misma frase en una melange psicopática de la que no puede salir indemne una mente infantil, fresca e impresionable. Seguramente se podría invertir tiempo en comprender a esas mentes deformes, incapacitadas ya para expresar amor de verdad y, sobre todo, para sentirlo -el amor de los hechos y no de las palabras, generoso, gratuíto, como el agua de lluvia-, pero debo reconocer que a estas alturas yo también sufro de cierta minusvalía: la de no ser capaz de compadecer a quién encuentra en el sufrimiento el sentido a su existencia.

Para rematar: quien se sintiere dolido al leer lo anterior, rece por mí al Señor, ofrezca sus sufrimientos al Espíritu Santo y déjeme en paz.

firma_sis

Os Tamara. O vello e o sapo. Manuel Curros Enríquez.

Da aldea lonxana fumegan as tellas;
detrás dos petoutos vai póndose o sol;
retornan prós eidos coa noite as ovellas
triscando nas beiras o céspede mol.

Un vello, arrimado nun pao de sanguiño,
o monte atravesa de cara ó pinar.
Vai canso; unha pedra topóu no camiño
e nela sentóuse pra folgos tomar.

-Ai! -dixo-, qué triste!
qué triste eu estóu!
I on sapo, que oía,
repuso: -Cro, cro!

Ás ánemas tocan! … Tal noite como ésta
queimóuseme a casa, morréume a muller;
ardéume a xugada na corte, i a besta,
na terra a semente botóuse a perder.

Vendín prós trabucos bacelos e hortas
e vou polo mundo de entón a pedir;
mais cando non topo pechadas as portas
os cans sáienme a elas e fanme fuxir.

– Canta, sapo, canta;
tí i eu somos dous! …
I o sapo choroso,
cantaba: – Cro, cro!

Soliños estamos entrambos na terra.
mais nela un buraco tí alcontras i eu non;
a ti non te morden os ventos da serra,
i a min as entranas i os ósos me rón.

Tí, nado nos montes, nos montes esperas,
de cote cantando, teu térmeno ver;
eu, nado entre os homes, dormendo entre as feras,
e morte non hacho, si quero morrer.

-Xa tocan … Recemos,
que dicen que hai Dios!
El reza, i o sapo
cantaba: – Cro, cro!

A noite pechaba, i o raio da lúa
nas lívidas cumes comenza a brillar;
curisco que tolle nos álbores brúa
i escóitase ó lexos o lobo oubear.

O probe do vello cos anos cangado
erguéuse da pedra i o pau recadóu;
viróu para os ceos co puño pechado,
e cara ós touzales rosmando marchóu …

Cos ollos seguíndoo
na escura estensión,
o sapo quedouse
cantando: Cro, cro!

Archivado en: dolor

4 Responses

  1. Debocaenbeca dice:

    No sé si es ahondar en la llaga, pero me hace gracia que el nombre del que fuera tu compañero sea precisamente Aleph, como uno de mis cuentos favoritos de Jorge Luis Borges, precisamente por aquello que significa. Las heridas han de quedar expuestas antes de cicatrizar, lo demás viene solo. Tenlo en cuenta. Besos.

  2. Maddriz dice:

    Anoche también sóñé igual de desangelado o más que lo que describes, es un complicado mundo esta vida terrenal, imagina si nos tenemos que preocupar también de los sueños… es más, seguro que los hay agradables y reconfortantes que ni nos esforzamos en explicar siempre buscamos la represión y lo oscuro…

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