Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[301] Ristra.


Este andar con la casa a cuestas me trastorna bastante, me malhumora y me provoca ansiedad y melancolía, que es un sentimiento como de folletín de tiempos victorianos, como victoriano soy yo mismo. En fin. Durante la semana apenas estoy bajo techo, como no sea para dormir, y el fin de semana regreso al hogar (¿mi casa es mi hogar?) para abandonarlo enseguida en busca de mejor compañía que la soledad o la familia, que son ambas inventos del diablo.

La Argentinita & Federico García Lorca. Nana de Sevilla. 1931.

Echo de menos cosas que nunca he tenido. Cuando digo cosas me refiero a cosas importantes. Me viene a la memoria una sentencia lapidaria y moralizante: las cosas importantes casi nunca son cosas. Ahí queda eso. Debo rectificar, pues: echo de menos entidades memorables de naturaleza casi nunca material, casi nunca muy concreta. A eso los filósofos le llaman melancolía y escriben tratados sobre ella, que hay que ver lo que da de sí el echar de menos algo, quién lo iba a decir. Los portugueses, más de andar por casa en batín, le han llamado a esto saudade y lo han incorporado a su lista de la compra, a su vermouth de la una, a su refocile semanal, a su siesta de los domingos, a su colada con olor a jabón Lagarto, a tantas cosas, que son todas y del montón, y que me siento tentado a enumerar en una infinita relación muelle, suave y aterciopelada. Sería bonito que la melancolía fuese, al menos, aterciopelada, pero no lo es, ni muelle ni suave ni nada de eso, que lo sé yo.

La melancolía duele por aquí, entre el costado izquierdo y el esternón, sobre todo al inspirar. Yo no termino de comprender cómo pueden doler tanto cosas tan bellas como un paseo que nunca dí con mi madre por la playa, o una palabrita dulce en mitad de la noche, o aquel abuelo al que no llegué a conocer, o el último beso de Pz, o mi belleza infinita cuando adolescente, o las mil primeras borracheras con Canalla, o el fuego de mi hogar, o un abrazo de mi padre, o la Luna en el suelo de mi dormitorio, o tantas cosas que finalmente han venido a convertirse en esa ristra de divinas palabras de la que quise huir en el párrafo anterior.

Cuando duelen cosas que no duelen, se hace difícil entender el dolor.

Archivado en: voluntad

3 Responses

  1. ariadna dice:

    es posible que se cumplan
    nunca tires la toalla, sísifo
    tus anhelos del corazón no son muros infranqueables
    sino
    caminos
    senderos
    míralos, están ahí para ti

  2. Miní dice:

    Me gusta muchísimo como escribes, lo que cuentas y tu manera de expresarte.

  3. Paperboat dice:

    Las cosas que no duelen son las más amargas, pero también las más bellas. No es que quiera hacer apología del dolor, nada más lejos de mi intención, pero es verdad que hay un componente alto de belleza en ciertos dolores.

    La melancolía, sin ir más lejos, puede agruparse dentro de los bellos dolores puesto que lo que evoca no es más que un archivo de palabras tristes basado en sueños y momentos nunca vividos pero recreados en la imaginación. Y no hay nada mejor para el futuro de los sueños e ilusiones de los hombres humildes que recordar lo que pudo ser y no fue o lo que fue bello pero se desvaneció.

    Una garantía para continuar soñando es saber que todavía podemos hacerlo recordando los sueños de ayer.

    Un beso. Y sonrisas.

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