Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[293] Lázaro.


Me he comprado un reloj de pulsera con los réditos de mi trabajo, ahora que nos hemos subido el sueldo hasta alcanzar, por fin, el nivel de un subsahariano sin papeles. Mi reloj tiene dos manecillas, una esfera luminosa y cianótica y una cebolla que sólo sirve para cambiar la hora, porque no necesita cuerda. No me lo quito ni para dormir, ni para ducharme ni para ir a misa, y lo gracioso es que no me molesta, como si ya se hubiera convertido en una extensión de mi muñeca, en un tumor de acero inoxidable que late a distinto ritmo que mi corazón, en un grillete al que enseguida me he sometido, en la bomba de relojería de un terrorista suicida.

Cuando vivía con Aleph sumerjí en algún cajón el espantoso reloj digital que tenía desde hacía lustros, el único que me avisaba de la hora de tomar mis pastillas para que yo pudiera retrasarla un ratito más. Durante años no tuve reloj, nunca me hizo falta y nunca quise tenerlo. Aleph, en cambio, vivía pendiente del paso del tiempo. Su agenda era para él un miembro más. Todo calendario que caía en sus manos acababa cubriendo alguna pared, y se tomaba la molestia de ir tachando los días conforme pasaban. Siempre me llamó la atención esa atención prestada al paso del tiempo, aunque tampoco me parecía sano mi empeño en no prestársela, a decir verdad. Varios de los grandes temas de mi vida tienen al tiempo entre sus ingredientes: mi gusto por los jovenzuelos, mi aprensión inculcada ya en la cuna, mi prisa perenne, mi poco dormir, mes petites mortes… en todos ellos está el tiempo presente, aunque a simple vista pueda pasar desapercibido.

El tiempo es muy puñetero, es un espejo que llevamos delante de los ojos, pero un espejo retrovisor, que nos devuelve una imágen poco grata: nuestra cara asustada mientras huye de la muerte, que nos da alcance. Mi madre tiene una colección muy notable de relojes de pared antiguos, todos ellos en perfecto estado de funcionamiento, pero todos ellos parados y silenciosos. Sentir un péndulo dar su tic-tac es oir la cuenta atrás hasta el momento de un lanzamiento que tanto te puede mandar al cielo como al infierno, ahora que el purgatorio está oficialmente clausurado. ¿Qué es primero, el miedo a la muerte o la obsesión por huir del paso del tiempo? Antes fue la gallina que el huevo, claro está. Desea morir quien siente que no es de este mundo, teme morir quien siente que este mundo no es suyo. El sueño se presenta como un buen simulacro de muerte: la quietud, la ausencia de sensaciones, los ojos cerrados y el silencio en la respiración engañan a cualquier espectador de teleserie. Cuando los despertares son, como los míos, trabajosos, comprender a Lázaro no se hace difícil.

Hace tiempo que entendí por qué no puedo evitar retrasar mi hora de dormir, pero aún no sé cómo ponerle remedio, así que sigo llevando a cuestas mis ojeras, mi sopor matutino, mis escasas energías, mi poco humor. También sé que lo que me asusta no es el trance de pasar de existir a no existir, sino el estado mismo de inexistencia, y con esto creo que me ha salido un acertijo sin solución. Me pregunto si el ansia que sufren algunos por poseer cosas terrenas no será una búsqueda del ancla que los amarre a este mundo, que es de materia vil. Cuando compré mi reloj sentí emociones opuestas: el alivio de quién posee y el vértigo de quién se siente arrastrado por un río de paso constante y acompasado.

No ha mucho, recluído en ésta que es mitad oficina y mitad casa de perdición, vi por la ventana pasar a un amigo de años, del que alguna vez hablé aquí. Suele subir a saludar cuando pasa ante mi puerta, pero ese día no, y no sólo no me importó, sino que me alegré: estaba atareado. Creo que estaba convencido de que él es como esos peñascos que sirven de guía al mareante, que tan familiares llegan a ser que hasta se les pone nombre y todo (Os Bois, A Sina, A Moa, A Creba, Pena Cagada) y que han pasado por las retinas de generaciones de generaciones y seguirán pasando y pasando y pasando. Mañana tendré tiempo de volver a ver a mi amigo, pensaba, y si no mañana, al siguiente. Creo que vi la amistad como una posesión, es decir, como un anclaje al mundo viviente.

Se me ocurre: si tener a alguien que te quiera es sentirse vivo, ¿oír a la muerte a tu zaga es sentirse falto de afecto? Si es así, voy entendiendo cosas.

Eugenia León. Los pájaros perdidos.

Archivado en: reflexión

One Response

  1. Miní dice:

    Yo no tengo reloj. Una vez lo tuve, pero ya no lo tengo. De todos modos, siempre adivino la hora exacta cuando alguien me la pregunta. Lo cual me produce un poco de inquietud. Bicos.

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