Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[291] Piedra.


En el fondo de todo lo que digo, todo lo que hago y todo lo que pienso está yacente el sentimiento de ser un exiliado o un emigrado o un desterrado. Mi verdadera patria está en aquella época, ya pasada pero aún no finalizada, que es la infancia, con su territorio vasto y cálido como una jungla y un ejército de franela defendiendo sus fronteras nunca trazadas. Creo, además, que éste es el sentimiento de la mayoría, aunque la mayoría de la mayoría se esfuerzan por disimular que aún son niños y que van a seguir siéndolo. De niños mirábamos por la ventana las gotas de lluvia dibujar en los charcos circulitos concéntricos y en el aire lineas borrosas. El tic-tac de los relojes no señalaba el tiempo que faltaba, sino el que ya había pasado, como una demostración de que el de los números naturales es un conjunto denso. Había un adentro y un afuera sin necesidad de que hubiera paredes, y siempre la casa era el lugar donde no te podían comer al parchís, el lugar donde alguien te espera, el lugar en el mundo al que yo pertenecía.

Mi casa ya es otra casa y el árbol ya no es aquel. Hoy habito en un habitáculo habitable que no es mío, como el cangrejo ermitaño se acomoda al caparazón ajeno. Un gato sedoso y tejedor me la guarda durante el día y reclama mis mimos a la vuelta, pero sólo me hace cosquillas en la nariz con sus bigotes y me da caricias que me dejan el mentón cubierto de lana blanca y las patillas cuajadas de canas. Hay pocas estancias, pero amplias y bien iluminadas. De ellas sólo habito la mitad y lleno la otra mitad de trastos que encuentro en la calle, en los contenedores de obra, en los mercadillos, trastos que acabo convirtiendo en lámparas, en sillas o en mesas que, aunque nunca resultan prácticas ni confortables, me hacen sentir que mi mundo es obra de mis manos y no del azar. No me molestan mis vecinos, sobre todo porque no reparo en ellos, ni siquiera cuando, recién duchado, me visto con parsimonia ante la ventana. Un faro ilumina la penumbra de mi cocina con sus pestañeos melancólicos, o tal me parecen, tal vez porque la melancolía viaja en mí y me sigue de casa en casa, que es el lugar donde nadie te puede comer.

Mi casa era la casa de mis abuelos. El otro día mi terapeuta me preguntó por qué siento el impulso de salir de casa nada más levantarme de la cama y por qué retraso el momento de volver a ella por las noches. Lo único que supe contestarle fue que esa casa siempre me pareció antipática. Recuerdo la luz de neón de la cocina, hiriente a los ojos, la bombilla desnuda de la sala, el frío de las sábanas y los muelles ruidosos del colchón. Recuerdo también el sonido reverberante de los tacones de mi abuela sobre la madera del piso, las paredes cubiertas de cuadros que daban horror y el espejo de la entrada con su grueso marco de madera dorada, que aún hoy me saluda con desdén cada noche.

Esa casa nunca fue hospitalaria, como corresponde a toda casa que se precie. Más bien diría que era hostil a mi corazón de niño. Hasta hace poco percibía en ella una presencia muda, no sabía si amenazadora a simplemente vigilante, que era la de mi abuelo, siempre poco hablador como no fuera para recordar historias de su guerra, en la que él había sido, cómo no, tan valiente. Hoy sólo percibo soledad, aunque también el descanso de saber que tengo dónde caerme muerto, que es una tranquilidad que durante mucho tiempo no tuve, tal era la precariedad con la que he vivido. Pero sé que la inquietud de vivir en esa casa con la mar brava delante de los ojos tiene relación, no me preguntéis cuál, con la inquietud que marca mis horas, que hace del vivir un sinvivir. Me vienen a la mente pocos recuerdos de esa casa durante mi infancia, sólo los mil momentos en los que la reclusión en ella significaba el abandono de mi madre, que nos depositaba allí por no tenernos con ella, sabiendo que mi abuela se encargaría de darnos de comer y de nada más. ¿Cómo es posible que no hubiera allí ni un juguete, ni un tebeo, ni un libro? Tuve que aprender a jugar a las damas sobre un tablero dibujado en un cuaderno, a los catres con los cordones de los zapatos, a inventar mis propios juegos, y en ese abandono se forjó una camaradería con mis hermanos que acabaría convirtiéndose en rivalidad por conseguir la atención de una madre que no es capaz de atender a nadie más que a ella, y eso a duras penas.

Mi terapeuta me mandó deberes: el próximo día debo hablarle de mi casa, y eso es dentro de una semana. Escribiré sobre ello, le dije, y eso es lo que estoy haciendo, aunque releyéndolo veo que no he sacado mucho jugo. Puede que sea demasiado pronto. Yo sueño con otra casa desde hace ya tiempo, rodeada de clorofila y fotosíntesis, con sonidos de pájaros y de hierba creciendo, con olor a madera y a compota y con silencio y susurros y ladridos y maullidos. Será una casa viva, viviente y vivaz, que tras cada invierno se cubrirá de flores y tras cada verano se llenará de musgo. Dentro de ella yo y los míos encontraremos una manera de vivir, la nuestra, a nuestra medida, y la convertiremos en nuestro lugar en el mundo, nuestra esquinita del paraíso, nuestro árbol de la ciencia, del bien y del mal y en la maldición de aquel dios que una vez quiso someternos tras crearnos a su imagen.

Quiero hacer de este mundo una casa de piedra.

René Simard & Serge Postigo. Mes emmerdes.

J’ai travaillé des années
Sans répit, jour et nuit
Pour réussir, pour gravir
Les sommets
En oubliant souvent dans
Ma course contre le temps
Mes amis, mes amours, mes emmerdes.

A corps perdu j’ai couru,
Assoiffé, obstiné,
Vers l’horizon l’illusion
Vers l’abstrait.
En sacrifiant c’est navrant
Je m’en accuse à présent,
Mes amis, mes amours, mes emmerdes.

Mes amis c’était tout en partage,
Mes amours faisaient très bien l’amour,
Mes emmerdes étaient ceux de notre âge
Où l’argent c’est dommage eperonnait nos jours.

Pour être fier je suis fier
Entre nous je l’avoue.
J’ai fait ma vie, mais il y a un mais.
Je donnerais ce que j’ai
Pour retrouver, je l’admets
Mes amis, mes amours, mes emmerdes.

Mes relations – Ah! mes relations
Sont – Vraiment sont
Haut placées – Très haut placées
Décorées – Très décorées
Influents – Très influents
Bedonnants – Très bedonnants
Des gens bien – Très très bien
Ils sont sérieux – Trop sérieux
Mais près d’eux – Tout près d’eux
J’ai toujours le regret de
Mes amis, mes amours, mes emmerdes.

Mes amis étaient plein d’insouciance,
Mes amours avaient le corps brûlant,
Mes emmerdes aujourd’hui quand j’y pense
Avaient peu d’importance et c’était le bon temps.

Les canulars, les pétards,
Les folies, les orgies,
Le jour du bac, le cognac
Les refrains
Tout ce qui fait je le sais
Que je n’oublierai jamais
Mes amis, mes amours, mes emmerdes.

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5 Responses

  1. Chiqui dice:

    Me apunto a la creacion de una casa asi.
    Yo cuando entre a “mi” casa por primera vez senti que por fin habia encontrado un lugar para mi. No permanente, pero si por un tiempo. Pero hay algo que me hace sentir frio en esa casa. Las paredes? el color? esta todo sin hacer, como cuando llegas y no quieres abrir la maleta…

    como si tuviera la certeza de que dentro de poco me tendre que ir de nuevo asi que no merece la pena abrir la maleta…

  2. Martha dice:

    Siempre he pensado que escoger la casa en la que quieres vivir no es tarea fácil. Debe ser, además de bonita a tus ojos (y sólo a los tuyos, no tiene porque serlo a los de los demás…) una especie de cobijo agradable que día tras día consiga arrancarnos una sonrisa al cruzar su umbral. Parece que tú tienes muy clara la idea de tu casa ideal, de esa que te arrancará una sonrisa al abrir su puerta. Pues no lo dudes…lucha por ella! ;)

    Besos!

  3. Hairblue dice:

    Con que no finalizaste la infancia? Ya sabes que como no vuelva al mundo internetizado sólo seria para darte en los morros… Internet se merece un descanso de mis desventuras y yo vivir. Besos Moribundos.

  4. Angéline dice:

    Y el lugar donde nadie te pueda comer. Me gusta eso. Siempre he pensado que las casas son nuestra continuación. Lo que nos rodea es lo que/como sentimos. Hasta la casa más humilde puede ser brillante y cálida si vive en ella gente positiva y alegre. Hay casas que piden a gritos un cambio, una transformación, no son lo que eran y necesitan esa metamorfosis y otras que conectan rápidamente con el visitante hasta el punto en que se hace imprescindible vivir en ellas. Yo saludo a la mía cuando llego, ella también se expresa a su manera. Ojalá encuentres la tuya. Y seas muy feliz. Un saludo.

  5. Ariadna dice:

    Hola desaparecido, espero que te puedas montar un chaletazo en la playa con perros y gallinas por doquier, que creo que es lo más, aderezado con un jardincito, una huertita tomatera y un compostero.
    Un saludo, sisi.

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