Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[284] Bastón.


Cuando mi abuela cumplió noventa años alardeaba de poder leer o enhebrar agujas sin necesidad de gafas. Se lo decía a todo el que se le cruzaba en el camino, con su hablar argentino algo cascado y sus ojos azules que las leyes de Mendel no me quisieron entregar en herencia y que protegía del sol de la primavera tras unas gafas ahumadas algo trasnochadas. Tanta lozanía no le libró de empezar a usar bastón hacia el final de su vida, por mor de una ciática muy graciosa que ella aliviaba con bolsas de agua caliente durante la siesta, sin mucho éxito, sobre todo en invierno. Paseaba conmigo por el Parrote, una mano en mi brazo derecho y la otra en el puño del bastón, mirando las bandadas de estorninos dibujar nubes en la altura.

– Desde que uso bastón sólo veo cojos.

– Creo que ya estaban ahí antes, abuela.

Desde que he empezado a ser consciente de mí he empezado a serlo también de los demás. No sé si con esto estoy diciendo algo comprensible. Me refiero, concretamente, al miedo. Veo mi vida como una sucesión de actos que obedecen, antes que a mi conveniencia o a mi deseo, a mi miedo. Podría adentrarme en el fascinante mundo de las neurosis, pero no tengo ganas, ya tuve ayer sobre este tema una larga conversación, interesante y agotadora. Me sorprende darme cuenta de que siempre he buscado la compañía de otras personas cuya vida ha girado también en torno al miedo. Es cierto que el miedo se ve, o se aprende a verlo. Si tiene olor o sabor ya no lo sé.

Soy una especie de Robocop de terciopelo negro que cada mañana sale de la ducha con la armadura puesta, chirriante por el orín. Camino por la calle alta la frente, con la mirada puesta en los áticos y en las nubes, sin reparar en los mortales que caminan a mi alrededor. La armadura me pesa y me hace hincar los pies en el hormigón hidráulico de las aceras. Bajo esa cáscara mi piel es tierna y suave, vulnerable a cualquier rasguño y a la luz del sol. Cualquier contacto me da dentera. No la desnudo ante nadie que tenga uñas. Cuando encuentro a alguien así, el fierro de mi coraza se vuelve paños de seda que caen al suelo sin estrépito y me dejan, vulnerable como soy, a merced de las caricias. Es bonito, pero es peligroso también. Peligroso para mí, quiero decir. Más de uno lo ha aprovechado para hacerme daño.

Cuando regreso de un paseo por la playa la arena de mis botas llena el piso de mi dormitorio. En lugar de barrerla la dejo junto a mi cama para sentirla en mis pies antes de acostarme. Según pasan los días la arena se difumina sobre la madera y termina por desaparecer, esparcida por toda la casa u oculta en las rendijas, que nunca se tupen del todo. La voz de Pz es como de arena, por lo granulosa y por lo deleznable (tercera acepción, por favor). Sabe que me hace falta oirla y que esa necesidad me da miedo, pero creo que eso a él le da miedo también, no estoy seguro. Hace más de una semana hablamos por última vez y se mostró molesto por algo que escribí aquí, no sabría decir qué. Tampoco recuerdo su voz, espero que algo quede de ella en mis rendijas. De sus ojos azules sólo me queda el brillo, de su piel el tacto suave, vulnerable como la mía a las zarzas y a los meteoros.

No se me va de la cabeza aquel fado que dice Se estás a tempo recua, amordaça o coração, mata o passado e sorri. Mas se não estás, continua. No sé si aún estoy a tiempo o si ya estoy perdido. He encontrado en Pousadoiro un caparazón inviolable. El humo que se respira dentro de sus muros nos curtirá el rostro con el pasar de los años y con las arrugas de nuestras sonrisas y con la saliva de nuestros besos. Pero sólo si el quiere. ¿Qué hacemos con nuestros miedos? Matarlos a pisotones. ¿Y con nuestras heridas? Sanarlas a besos. Otra cosa no le puedo ofrecer.

Hace minutos le confesaba a DehLuz que había olvidado sobre qué había empezado a escribir. Finalmente este post está escrito para que lo lea Pz, aunque cualquier otro es bienvenido. Si me quieres, mozuelo, me comprenderás. Un beso en la frente.

Eugenia León & Fito Páez. Yo vengo a ofrecer mi corazón. 1997.

Archivado en: ilusión, sueños

One Response

  1. Alejandro dice:

    no hay mayor ni mejor forma de alagar al mozo

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