Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[281] Cáscaras.


El clima castellano me sienta regular. Las manos se me agrietan, los labios se me cuartean, la piel se me vuelve papel y el pelo esparto y me paso el día untándolos de pócimas que los devuelvan a su estado natural. El aire seco no me deja respirar bien, todo en mí dice mar, mar, mar y hasta que vuelvo a mi tierra no me encuentro a gusto. En general, no me gustan los castellanos ni su modo de hablar, no me gustan los nombres de los lugares, no me gustan esos campos de tierra, sólo me gusta su pan gramado y su paisaje iluminado por su gran luna llena, que es más grande que la de ningún otro lugar del mundo.

Panda y yo arriesgamos mucho este fin de semana. Dejamos a Taxi al cuidado de la casa y nos enfrentamos a los elementos y a las mil horas de carretera, pero valió la pena, porque era necesario para estar con Pz. A mi vuelta mis incondicionales me preguntaron cómo me había ido, pero no supe contestar a derechas. Creo que a todos les dije que no me había ido bien, pero no sé por qué lo dije. Rectifico, sí que lo sé: soy bastante egoista y me llevé un chasco cuando vi que lo había no era lo que me habría gustado que hubiera. Rectifico de nuevo: más que egoismo, es tener poca cintura, es la inflexibilidad de quién tiene sin satisfacer mil necesidades y ve en la otra persona un posible remedio. No es ser justo ni nada que se le parezca, es hacer del otro un instrumento. Me paso las noches volviendo a dibujar los ojos de Pz para hacerlo persona real en mi mente. Cierto es que él no siempre me ayuda, pero también que no es tarea suya hacerlo. Le he dicho mil veces a Pz que soy muy vulnerable, pero esta vez me he dado cuenta de que él también lo es, tal vez más que yo. Somos un roto para un descosido, por lo que se ve.

Podría hablar de Pz y decir mil cosas lindas de él. Me gusta mucho, me atrae mucho. Las cosas menos lindas no importan, porque lo que me ha hecho venir todo el viaje de vuelta con el corazón hecho una nuez ha sido una procesión de fantasmas míos que no terminan de irse. Me paso la noche empujándolos hacia la ventana que da al mar, pero son demasiados de cada vez. Yo pensé que había logrado disolverlos a base de salfumán de roca, pero sólo he logrado que sus sábanas luzcan amarillentas y, algunas, hechas jirones, pero no más.

Mientras Panda y yo pasábamos entre las pedras fitas que marcan la entrada a mi reino, notaba aquellas escamas volviendo a ser piel y aquella estopa hacerse de nuevo caracolitos acastañados. Mis labios eran de nuevo rosados y mis manos también, pero la nuececita que hay en mi pecho sigue sin dejar oir sus latidos, de tan reseca y dura que está su cáscara.

Carlos Gardel. El día que me quieras.

Archivado en: ilusión

One Response

  1. Adelasuma dice:

    En cada reino, una meta: encontrar la panacea que todo lo cura.

    No se encuentra fuera pero tampoco dentro, está a medio camino entre el corazón y el corazón del otro.

    Beso

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