Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[203] Lunes.


Hoy es día de dolor de barriga. Los males que produce el cambio de hora son motivo suficiente para fusilar a quien parió la idea. Aún así llegué con alivio al comienzo de la semana. Mi socio, Vicente, me saludó diciéndome: “¿Sobreviviendo al lunes?”. Yo lo miré extrañado y tardé en darme cuenta de que sólo a los que escapamos de nuestros dioses lares nos pesa el obligado trato con la familia y otros animales, que diría Durrell.

lunes

El domingo empezó mal, transcurrió mal y acabó mal. Un reparto de tareas necesario para hacer posible la visita al veterinario fue para mí la emboscada: fui a recoger a mi madre para llevarla a la casa de campo en la que suelen pasar los fines de semana y a la que sólo me atraen mis perros, creciendo uno y envejeciendo el otro. Llegué una hora antes de lo debido, cómo no, y me recibió una vieja desaliñada, fea y arrugada que resultó ser mi madre con varias capas de pintura de menos. Su casa parecía la de un loco: bolsas con papeles, carpetas, archivadores y cuadernos se apilaban en el recibidor, cajas en el salón, cosas de naturaleza textil y forma incierta en el cuarto de mi hermana. Cuando pregunté qué pasaba me ordenó llevarme de esa casa cualquier pertenencia mía que quedara allí. Precisamente tenía previsto recuperar el sombrero hongo de mi bisabuelo Alfredo, hombre elegante a juzgar por sus fotos, que se conservan muchas y buenas. Adelasuma me lo pidió prestado para asistir a no sé qué fiesta de riguroso luto la noche de Santos y Difuntos, que ella nombra a la americana. Una vez recuperados sombreros varios seguí, obediente en exceso, desempolvando y embalando otras cosas, mayormente papeles, libros y, en general, celulosa encuadernada. Ella buscaba ansiosa cualquier cosa de la que pudiera desprenderse. “Estoy muy escasa de espacio”, me decía convencida, desde la escalera de su dúplex de salón, cocina, cuatro dormitorios, tres baños, un aseo y despensa en el que ahora viven sólo ella y su marido, que es mi padre porque lo dicen los genes y los espejos. Mi padre me añadió más tarde que a mi hermano le ha forzado también a vaciar su cuarto y que está acuciando a mi hermana para que se traslade a su nuevo apartamento, ése cuya hipoteca le come el salario. Mi padre no entiende nada. Él conservó en casa de mi abuela su dormitorio con sus libros, sus juguetes y sus ropas de niño hasta que mi abuela murió hace casi veinte años, y no le parece bien presionar de esta manera a los hijos. Pero calla y otorga.

Me acordé de la obsesión que se apoderó de la vieja gorgona el pasado invierno, y que volverá el próximo, por cortar las ramas muertas de cuanto árbol, arbusto o seto hallaba en el jardín. Loable de no ser por su poco conocimiento del tema, además enturbiado por su obnubilación: todas las ramas sin hojas, para ella, estaban muertas, y eso en invierno quiere decir lo que quiere decir. Mi padre veía perecer el jardín, criado por nosotros dos con mucho esfuerzo, que sigue verde gracias a que el clima de esta tierra hace crecer pinos hasta en la roca madre. Mi terapeuta me orientó en la interpretación de este comportamiento: las pulsiones sexuales afloran en la necesidad de eliminar violentamente lo ajeno al cuerpo vivo. De ahí la obsesión por la limpieza, la mutilación de lo muerto, el vaciado de trasteros y altillos, el desprenderse de restos de lo pasado y de recuerdos de lo vivido.Conocemos de antiguo los arrebatos de mi madre, duraderos por meses, que le llevan a centrarse en supuestos defectos ajenos o del lugar en el que vive, y que nos ha tenido en un peregrinar de mudanzas (he conocido con ellos cuatro casas distintas) y un constante reformar sin ton ni son nuestros, llamémosles, hogares.

La cuestión palpitante en mi familia ha sido siempre la represión de los impulsos erótico-amorosos. Esos son los polvos de los que salieron los lodos que me empantanan. Por eso estoy convencido de que para mí ser puto no ha supuesto más que un incidente añadido al inconveniente serio, que es ser hijo de mi madre. Hace poco alguien que sabe de la mente humana me dijo algo así: “Deberías ir pensando en intentar ponerle nombre a la patología que sufre tu madre”. Callé y sentí pena. La persona más cuerda de mi familia soy yo, y eso no es decir mucho, con franqueza.

firma sis

Alejandro Fernández & Diego el Cigala. Como quien pierde una estrella.

Archivado en: dolor

4 Responses

  1. adelasuma dice:

    perdona
    yo celebro Samain, Año Nuevo, el día en que el velo que cubre el Otro Lado cae y los dos lados del espejo intersecan, ya que son coincidentes

    por eso Adelicia este Samain es Muerte de los Eternos
    (y necesita bombín, ya que su chistera sucumbió a la consabida limpieza maternal de desvanes)

    lo de Halloween es más del tipo misterioso, goticazo él, todo postureo, y de los colegas, todos chupópteros de vocación
    (yo de ser algo sería licántropo, de la terriña vaya, aullando a la Luna; ade siempre ha sido un lobo bueno, o una loba llegado el caso, jajajajjajaja)

    así que mañana te quiero de punta en blanco, mejor negro, que ya me encargo yo de decorarte

    sigo con el contencioso
    besoooooooooooooooooooooooooooooo

  2. Currito dice:

    Bueno, yo sufro de la enfermedad contraria a la de tu madre, que es amontonar recuerdos, puesto que es lo único que me queda de algunas de las personas a las que más quiero. A veces me siento como una de esas ramas sin hojas, desnudo frente al mundo, sólo que yo, al no ser muy inanimado del todo y bastante chillón para lo pequeño que soy, no dejo que ningún jardinero se atreva a podarme. Besos, tito Sisi.

  3. Julia dice:

    Bendita la locura que corona tu existencia. La de los demás, no no no.

  4. Luckitas dice:

    Si le hacemos ‘gancho’ a tu vieja con mi abuelo… no kedan ni los cimientos de la casa… jeeeeeee… chau…!!!

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