Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[185] Renuncia.


renuncia

Mi padre creció en una familia en la que todas eran mujeres, salvo mi abuelo. Mi abuela siempre decía que era raro que mi padre no hubiera salido marica, habiéndose criado en un ambiente tan femenino, aunque ella utilizaba términos más epitetónicos que ése. Era mujer decimonónica y para colmo creció en el rancio Ferrol entre señoritas cuya única ciencia era la de saber bordar, servir el té y tocar el piano.

Toda la familia vivía en la misma casa, construída por mi tatarabuelo sobre las ruínas de otra preexistente de la cual queda sólo parte de la fachada posterior. Buscaba alejarse de las tierras de cuyas rentas vivía, al ver amenazados sus privilegios heredados. Tuvo el buen criterio de procurarse un cargo en la Audiencia, que estaba en el actual edificio de Capitanía General, en la Ciudad Vieja coruñesa. En esa casa, que sigue en pie aunque en manos extrañas, vivieron años más tarde, en el tercer piso, mis abuelos con sus cinco hijos, de los cuales sólo un varón, en la buhardilla una tía solterona y anciana de mi abuela, en el segundo otra tía con una amiga sin rentas propias a la que prestó cobijo, en el primero mi bisabuela, vieja y casi ciega de cataratas, y en la planta baja Carmen Peñálver, hija soltera de un héroe de Cuba cuyo retrato al óleo presidía el gabinete, y que malvivía de una pensión de horfandad, de la gloria pasada y de la ayuda de otras mujeres de su condición.

Las hermanas de mi padre son de las personas más brillantes que he conocido. La mayor de todas murió cuando yo tenía siete años, víctima de un cáncer que hoy habría tenido fácil cura. Se casó con un hombre más bueno que el pan, pero simple hasta decir basta, que hoy es octogenario y acusa el haber padecido dos derrames cerebrales. Trabajaban los dos en la Diputación Provincial y tenían un nivel de vida envidiable. Fue ella la que gestionó la compra, restauración y puesta en uso del pazo de Mariñán, y su equipamiento y adorno con una pinacoteca de obras de autores gallegos.

La tercera de mis tías estudió para Profesor Mercantil y, luego de unos pocos años de docencia en una escuela de capacitación agraria, contactó por vía epistolar a un inglés al que acabó conociendo en persona cuando éste decidió hacer el camino de Santiago y luego visitar La Coruña. La historia acabó en boda, oficiada por un párroco bruto e insolente, como aún se estila, que celebró la ceremonia en la sacristía y a puerta cerrada, y tuvo el empacho de hacer referencias a Enrique VIII y sus múltiples y malogradas esposas. Es que mi tío es anglicano. Viven los dos en Inglaterra desde 1956 y tienen cuatro hijos, cada cual más peculiar, e infinidad de nietos. Ahora mi tía vive de su herencia y ocupa su tiempo con el lápiz y la acuarela creando objetos asombrosos de una expresividad mágica que se niega a mostrar a casi nadie. Mi tío es un hombre de extraña apariencia: de baja talla, larga barba, una pipa curva en los labios y mirada escrutadora, rompe pocas veces su silencio con británico humor. Tras ese aspecto parece ocultar algo. Realmente mi tío sólo es lo que parece, un hombre anodino que entretiene su tiempo en cultivar su huerto y hacer trabajos de marquetería fina. En definitiva, otro hombre simple.

Claro está que me he arrodado detalles íntimos que harían comprender mejor lo excepcional de estas dos mujeres. La gran incógnita para mí es por qué dos personas así de brillantes decidieron compartir sus vidas con personas tan poco estimulantes. No sé si atribuirlo a la ceguera del amor o a una necesidad de sentirse la parte superior del tandem. O tal vez a no querer encontrar cadenas en el matrimonio. En definitiva, renunciaron a encontrar algo mejor en su relación de pareja y optaron por convertirse casi en las madres de sus esposos. Supongo que no comprendo el sentido de esa opción porque yo busco lo contrario. Veo en mis tías a dos mujeres que pudieron lograr lo que se propusieran y optaron por una vida en común con hombres que no les aportaron nada más que un consumir energías.

firma sis

Rocío Jurado. Qué no daría yo.

Archivado en: reflexión, retrospección

5 Responses

  1. alright dice:

    Como tu bien has dicho el amor muchas veces con su ceguera nos hace que nos quedemos con lo que primero pasa y a nuestros ojos parece todo un regalo caido del cielo. Tambien hay que entender que eran otros tiempos diferentes y que como se exigiera mucho al final costaria encontar marido.

    Tambien puede ser que eligieran compartir sus vidas con personas tan simples por la sencilla razon de que asi les darian menos quebraderos de cabeza

    Muchos besos y como ya bien sabes estoy de vuelta.

  2. Sergio dice:

    … no se porque leerte me transporto a el mundo de mi infancia, al cuadro de una niña que murio de cancer antes de yo existir y que todos decian era un angelito que cuidaba la casa… a la imagen de Juan pablo Vol 2 con la virgen de Chiquinquira….
    volvi del mundo actual a mi pasado… de tu mano compadre… y eso fue fabuloso…
    espero regresar
    Un abrazo desde mi lejana galaxia

  3. Teseo dice:

    Pues yo creo que lo ideal es cuidarse mutuamente no? a mi me gusta que se ocupen de mi, pero no ser dependiente, xq me gusta sentirme capaz e independiente. Me gusta cuidar de mi muchacho pero tb que se las apañe bien el solo.

    Supongo que es algo así como cuidar y ser cuidado de mentirijilla, sólo por cariño y no por necesidad. Aunq hay gente que necesita ser la madre de todos y más de sus parejas, eso si es verdad. Supongo que mientras los dos estén agusto con la situación la cosa no anda mal, ¿no?

  4. alejandro dice:

    el amor ciega,eso es cierto, muy cierto, pero si ellas son y han sido felices, esa es la maxima en la vida, nunca se sabe, lo mismo no son tan simples como los ojos nos lo quieren hacer ver, otras veces si, una persona inteligente cae en el miedo de verse solo o sola y tira de lo primero que le viene a caer, pero la historia de tu tia “inglesa” es muy bonita, amor epistolar :) con camino de santiago incluido

  5. Felipe dice:

    Así es el amor: ciego y un poco irracional. Tiena la capacidad de hacer que las personas cambien sus prioridades y metas más concretas por otras que no lo son tanto: compartir con el ser al cual se ama, como una forma de alcanzar la felicidad.

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