Sísifo se hace viejo

"El hombre solitario es una bestia o un dios" (Aristóteles).

[127] El Príncipe (III), 20/06/07.


el principe III

– Al fin te hallo, mi Príncipe.
– Bienvenido. Te daba por desaparecido.
– Pensaba escribirte, ya que no podía hablarte, oh Príncipe. El corazón me lo exigía.
– Me asombras. ¿Por qué motivo?
– Intentaré explicártelo.
– Empieza.
– Creo que he sido un poco áspero contigo en alguna ocasión.
– No me lo tomé a mal, me resulta estimulante.
– Eres bueno, gran Señor.
– Yo también te aprecio, Sísifo.
– Tengo la sensación de que le damos diferente importancia a algunas cosas.
– Eso es seguro. ¿No lo crees normal?
– Me refiero concretamente a una cosa.
– ¿A cuál?
– A tu plan de retiro estival.
– Ahora si que me has sorprendido.
– Espera, que es bien simple.
– Sigue. Te estoy siguiendo con interés.
– Yo quiero conocerte mejor, Príncipe. Es simple.
– Y natural.
– Pero no sé si tú también. Eso es todo.
– Es bastante. A veces te muestras arisco conmigo, pero sé que no lo eres. La idea de viajar este verano surgió entre bromas y ahora se está haciendo real. Si se hace, puedes venir conmigo, por mi no hay inconveniente.
– No me gusta.
– ¿Por qué? ¿Qué quieres oir de mí?
– Decir que no hay inconveniente es como decir que te resignas a mi compañía, que no te es grata.
– Pero Sísifo, eso es lo que no me gusta de tí, que estudias mucho cualquier afirmación vana.
– Mucho no, Señor mi Príncipe.
– Es importante que nos conozcamos. Unos epigramas en los que te mostrabas hostil a mí no son suficientes para desear tu compañía.
– Esto no es una montaña, es un grano de arena. Tu compañía me ilusionó. Luego ví que no era más que una distracción para tí. Quería que me lo aclararás, Príncipe, no te pido cuentas ni compromisos para el futuro.
– Pero Sísifo, no me entiendes.
– Explícate, por favor.
– Me gustaría saber mas cosas de tí.
– Pregúntame.
– ¿Es cierto que amas la mar, o lo has dicho por agradarme?
– La amo de verdad. Voy a su encuentro siempre que puedo, a dejarme besar y amamantar por ella.
– Yo también soy del mismo gusto. Yo lucho contra el viento y las olas para sentirme libre.
– ¿Cuántos años tienes?
– Dieciocho ya.
– Te duplico la edad.
– ¿Te agrada la compañía de los muchachos?
– Estás tocando una herida abierta, Señor.
– La noto sangrar.
– Me duele mucho ahora.
– No tienes que explicarme nada. Haz poesía de ello. Yo me entretengo en hacer versos de mis fantasías.
– Tú explotas tu vena de creador, yo sólo la de sufridor.
– Escribes muy bien, aunque a veces no entiendo lo que dices.
– Sólo hablo de lo que me corre por las venas.
– Cuando leo lo que escribis otros veo que mis versos son pura mierda.
– Señor ¿cuántos te leen?
– Ya sabes lo que comen las moscas. Soy gracioso, original. Me valgo de ordinarieces y recursos de gusto pésimo. Yo lo sé. Yo soy populachero.
– Pues haz la prueba y sé elegante.
– A mí me gusta ser ordinario.
– Selo de otro modo.
– Tener el favor del público no asegura la calidad. Más bien al reves.
– ¿Desde cuándo publicas tus versos, Príncipe?
– Apenas unos meses.
– Debes saber lo que prefieres. ¿Para quién escribes?
– Escribo para divertirme. Pero me gusta que el público lo lea, claro.
– ¿Entonces…? Eres un mar de contradicciones, Príncipe. ¿Por qué te gusta navegar?
– Por el mismo motivo. Me gusta la mar, me siento bien en ella y vigorizo el cuerpo. Me gusta, sólo eso.
– Ya. El agua. Y el correr. Yo también lo hacía hace tiempo. Ahora veo que era para escapar. Estaba en otro mundo, o no estaba en éste, que viene a ser lo mismo.
– Te entiendo…
– Eres un inadaptado, mi Señor.
– Es muy agradable esa sensacion de escapar. Será una huida, pero recompensa. ¿Te ha servido la mar de tálamo alguna vez?
– Príncipe, ¿por quién me tomas? La pregunta me azora.
– Hay gente que copula sobre la arena o sobre las olas.
– ¿Con quién voy a copular yo, mi Señor, que no estoy para alegrías? ¿Qué me propones?
– Qué poco te quieres.
– Qué poco nos queremos.
– Yo adoro entregarme al amor en las playas.
– Príncipe, contente, estás destapando una de mis fantasías nunca realizadas.
– Yo ya las he realizado.
– ¿Dónde andaba yo con dieciocho años?
– No es facil solazarse, hay que ser rápido, casi fugaz.
– Las cosas rápidas son menos placenteras.
– Tal vez. ¿A partir de hoy vas a mostrarte más afectuoso conmigo? Sé más cortesano, eso me gusta.
– Príncipe…
– Dime.
– Intenta escuchar más a tu corazón.
– ¿Y si lo que oigo no me gusta?
– Como veas. Sólo digo que me interesas más así.
– Ya lo veo.
– Sigue con tus versos y con tu estilo.
– Al público inculto le gustan los poemas pastoriles llenos de llanto y de tormento. Ése no es mi estilo.
– No te digo que te abras en canal y que te inmoles en el altar de la popularidad.
– Una vez que se catan las mieles de la intimidad, no se puede prescindir de ellas.
– Empieza por dialogar contigo y para tí. O conmigo.
– Odio eso. No quiero resultar cargante. Con mis amigos lo paso bien sin necesidad de dramas. Tú, en cambio, gozas sacando de las almas lo que ellas ocultan.
– Me gusta ver que se sienten a gusto conmigo.
– Tengo que dejarte, me reclama mi farsa, que no tiene fin.
– Ve, Señor mi Príncipe, que la función no cese.
– Yo la alimento.
– Y la riegas con tus lágrimas.

firma sis

Glenn Gould, Klavier Konzert d-moll, J.S. Bach, 3° mov. Allegro, Ottawa Philharmonic Orchestra, Thomas Mayer.

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