Esto lo soñé hoy:
Santi tenía catroce años, corta estatura, piel blanca, pelo negro alborotado y enormes ojos marrones. Su hermano, menos de diez. Ambos vestían uniforme de colegio de curas, sobrio y cruel, y lucían en su rostro la carencia de una sonrisa.

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Archivado bajo:dolor, sueños
21 Septiembre 2008 • 00:19
- Anoche tuve un sueño.
- ¿Anoche mientras dormías?
- No. Anoche mientras esperaba.
- ¿Lo recuerdas? Puedes contármelo si quieres.
- Tengo que contártelo, porque es tu sueño.

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Archivado bajo:sueños
15 Septiembre 2008 • 14:58

Imagina algo lindo.
Imagina que, antes de que mi tren salga, me acerco a tí hasta tocar tu pecho con el mío. Imagina que paso mi mano por tu costado, la poso en tu espalda y te estrecho contra mí. Imagina que con la otra mano te acaricio la nuca y el remolino de tu coronilla. Imagina que te beso en la frente, que te beso en la mejilla y que te beso en los labios. Imagina que notas algo bajo mi ropa y que cada caricia de tu lengua acelera mi respiración. Imagina que poso mis manos sobre tus mejillas y que te digo con la mirada todo lo que no me atrevo. Imagina mis lágrimas. Imagina que me respondes todo lo que no te atreves.
Sería bien lindo.

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Archivado bajo:sueños

En una de aquellas desapariciones suyas que me dejaban desvencijado, Aleph me regaló dos tortugas, con su acuario y todo, para que paliaran mi soledad. Maldita la gracia que me hizo el regalo, lo que yo quería era que no se marchara él, pero eso era querer vaciar el mar con una concha de venera, como el angelillo de la visión de Agustín de Hipona. Las metí en su jaula de cristal, les daba de comer cuando me acordaba y las puse a tomar el sol. A pesar de todo crecieron hasta no caber en mi mano. Son los seres más tontos que he conocido, incapaces de seguir hasta la comida un camino que se aparte de la linea recta, aunque eso las lleve a caer en el agua y a volver a intentarlo una y otra vez. Digamos que consiguen comer por testarudas, no por listas. Taxi se entretiene intentando pescarlas, disuadido sólo por el agua que moja sus manos sonrosadas cada vez que les echa el guante, y por algún que otro chapuzón que hace de mi sala un pantano.
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Archivado bajo:ilusión, sueños
Cuando mi abuela cumplió noventa años alardeaba de poder leer o enhebrar agujas sin necesidad de gafas. Se lo decía a todo el que se le cruzaba en el camino, con su hablar argentino algo cascado y sus ojos azules que las leyes de Mendel no me quisieron entregar en herencia y que protegía del sol de la primavera tras unas gafas ahumadas algo trasnochadas. Tanta lozanía no le libró de empezar a usar bastón hacia el final de su vida, por mor de una ciática muy graciosa que ella aliviaba con bolsas de agua caliente durante la siesta, sin mucho éxito, sobre todo en invierno. Paseaba conmigo por el Parrote, una mano en mi brazo derecho y la otra en el puño del bastón, mirando las bandadas de estorninos dibujar nubes en la altura.
- Desde que uso bastón sólo veo cojos.
- Creo que ya estaban ahí antes, abuela.

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