Los recuerdos más antiguos que conservo tienen olor a algas y a berzas. Pocos bajo techo y muchos sobre arena. La casa en la que llegábamos a fin de mes era pequeña, vieja y pobre, no como el bolsillo de mis padres, sino como su corazón.
El invierno de mi niñez era un rosario de catarros y chubascos, de tazas de té inglés, de calles empedradas, de visitantes de pelo plateado, de pies fríos en clase, de paseos por las murallas, de puestas de sol, de olor a goma de borrar, de vendavales, de desayunos pan frito, de bandadas de estorninos, de toses y mocos, de libros nuevos, de libros viejos, de clases de piano, de respuestas de mi padre y de preguntas de mi madre. Hubo en ella montones de momentos dulces que engañaban el hambre de no sé qué, la permanente carencia de algo que hasta hace poco no supe explicar, una tinta gris que siempre lo regaba todo sin ocultar nada.
Los veranos todo tomaba otro color.

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