Estoy tejiendo un tapiz enorme.

Mi tapiz llega del techo al rodapié, cubre todas las paredes exteriores de mi casa y tapa las ventanas, poniendo colorines en la luz que entra por ellas. Para tejer mi tapiz aprovecho hilos de lana que alguna vez formaron parte de chaquetas viejas de mi padre, bufandas pasadas de moda de mi abuelo o calcetines y guantes desaparejados de toda la familia. Devano los paños con paciencia y enrollo sus hilos en ovillos del tamaño de un puño, más o menos. Dejo los ovillos apiladitos en una esquina de mi sofá, hasta que Taxi, el gato con pantalones, los usa para jugar al croquet. Luego descubro ovillos bajo el sofá o detrás de la nevera o do quiera que las manitas de Taxi los hayan dejado descansar, cubiertos de polvo, imposibles de limpiar si no es con más paciencia y bastante humor.
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