
Mientras Aleph y yo vivimos juntos fueron más las vacas flacas que las gordas. Rara vez nos daba el salario para gastar en lo que no fuera puro sustento. Creo que no es la primera vez que menciono el ascetismo con el que vivíamos, que salvo en ciertas ocasiones delicadas, no provocaba disgustos a nadie.
Una de esas ocasiones se presentó un 3 de diciembre, que es el día que Aleph cumple años. La noche antes tuve un sueño que él quiso que le relatara mientras, aún somnoliento, intantaba abrir los ojos por la mañana.
Soñé que buscaba -lo recuerdo algo borroso- algún regalo digno para celebrar el cumpleaños y me angustiaba bastante no encontrar nada a mi alcance. Todos tenían precios muy superiores a lo que yo me podía permitir. Aleph se quedaría sin regalo y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.
Entonces empezaban a caer del cielo millones de pequeños papelitos que revoloteaban como mariposas trazando espirales en su camino hasta el suelo. Esos papelitos resultaban ser billetes de cinco, de diez, de mil, de un millón. Caían en tal cantidad que se hacía difícil caminar. Yo miraba hacia arriba intentando descubrir cómo era posible el milagro y entonces me daba cuenta de que habían dejado de caer billetes, sólo veía el firmamento cuajadito de estrellas. Unas estrellas peculiares, pues crecían en tamaño y se multiplicaban y aparecían otras nuevas de colores. Realmente lo que parecían estrellas no eran más que piedras preciosas que llovían en legión sobre mi cabeza y cubrían las calles con un asombroso mosaico escintilante. Yo era rico, yo era feliz, era el hombre más poderoso del mundo y podría comprarle a Aleph todo lo que él quisiera tener, todo lo que yo quisiera que él tuviera.
En este punto me despertó Aleph y el sueño se interrumpió.
Me imagino su cara de estupor mientras me preguntaba:
- Entonces… ¿qué me vas a regalar?
Aún adormecido, sólo pude responderle una cosa:
- Te regalo mi sueño.
Él lo guardó con mucho cariño en el lado izquierdo de su corazón y días más tarde compuso sobre él una de las canciones más lindas que ha hecho hasta hoy.

José Ignacio Lapido. Mi nombre es Sísifo.
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por algo eres el ángel del sur de mi alma y te quiero un montón
melón
Precioso. No tengo más palabras. Me ha conmovido.
yo con un regalo asi, me conformaria para los restos
madre, que regalo mas bonito, ¿eres un angel?
Suele ocurrir, y es bonito.