A ruegos del Joven Gachón, he colgado aquí este video, que muestra en su medio natural a un sujeto muuucho más imbécil y con menos vergüenza que cualquier blogueiro engreído y fanfarrón. Aunque según Gachón todo se debe a una discontinuidad espacio-temporal: este señor proviene de la época de Copérnico. Claro que el público no le va a la zaga.
El presentador, en cambio, merece un premio por saber mantener el tipo.
(Atentos a las reacciones de mi público: por ellas sabremos quién se ha picado).
Ayer fue día de guerra y de paz. Me gustan las labores de jardín, y media tarde la pasé metiendo en cintura a un seto díscolo con la ayuda de mi padre. Estos son los únicos momentos en los que nos vemos libres, él y yo, para estar a gusto los dos, sin presión que provenga de nadie de la familia.
Enrique y Guillermo de Fazio forman el duo conocido como Los Macana. En el siguiente video muestran lo que era el tango en sus orígenes: una danza entre hombres. A quien guste del tango le entusiasmará tanto como a mí.
Llegué aquí a través de un post en Ambiente G que recomiendo leer.
Ayer fui a la perrera municipal a recoger un perro. Es un cachorro de unos cinco meses, cruce de boxer y cualquier otra cosa, grande, esbelto y a rayitas marrones y negras. Conserva sus orejas y su rabo y tiene todos los huesos demasiado al aire. Le he llamado Blas.
El otro día tuve un sueño que no supe interpretar.
Soñé que estaba en la playa de Barrañán, a la que voy siempre. No hacía mucho sol, pero hacía calor. Era un día de bochorno de los que tanto se estilan aquí. No había mucha gente y el mar parecía no querer moverse mucho. Solamente rompían las olas alejadas de la orilla, que llegaban a la arena ya mansas. Había surfistas y gaviotas, que son animales carroñeros y no gráciles habitantes del mar, como se suele creer. Realmente había muchos surfistas y pocas gaviotas. Vestían, ellos, trajes de negro neopreno que dejaban visibles sólo la cabeza, los pies y las manos y ceñían sus cuerpos apetecibles.
Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.