Para que se difumine el aire tristón y melancólico de mis postes anteriores cuelgo ésta de Brassens, aunque los acordes menores no sean la mejor idea para sembrar la alegría.
Y de paso que el susodicho pueda sonreirse un poco escuchándola y que a su chico se le pase la cara de funeral de tanta lamentación.
Regreso de Compostela con mis párpados cerrándose. Por suerte mi Panda conoce el camino. El encuentro con Pierre ha sido fructuoso. Su presencia es calmante. El primer abrazo me ha traído su olor, y el olor los recuerdos en legión. Las palabras han tardado en brotar, no sólo por culpa del idioma, sino sobre todo porque hacerlas emerger consume energías ya escasas. Hemos vuelto al mismo café de la plaza de la Quintana y le he explicado mi necesidad de hablar: la de cerrar un capítulo que se interrumpió hace trece años y quedó abierto. Me comprendió bien.
Cuatro bocados y dos sorbos y me subo a mi Panda (mi amigo el negro pandita, que acaba de cumplir 18 años bien rodados) camino de Compostela, do me aguarda Pierre, por quien otrora perdí los sentidos, la mesura y el pudor. Yo era joven, más joven, y él también, y nos quisimos tanto como es posible quererse. Mucho llovió desde eso y la herida de la ruptura ya no supura, así que aprovecho su dosificada visita (estos centroeuropeos de color desvaído no saben vivir sin agenda, hasta para planificar el tiempo de no hacer nada) y acudo a la recepción con el ánimo de comprender nuestra relación, esa que acabó hace ya doce años y comenzó hace trece.
Hoy sé que soy fuerte. Me he sentido durante toda mi vida a punto de romperme, pero sólo porque durante toda mi vida me ha parecido imposible vivir en el estado de soledad y desamor que ha sido el mío natural de siempre. Hoy sé que mi visión era enfermiza: fortaleza es ser capaz de soportar desamor y soledad durante seis lustros sin mella y, aún diría yo, ganando resistencia.
Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.