Hoy ha tomado posesión de esta su casa un joven felino de mirada azul, abrigo albo y cola rubia, que espero sepa aceptar mi desastroso régimen de vida y me ayude a sentirme un poco más acompañado. He venido en ponerle como nombre el de Taxi, copiando con descaro la idea de algún ingenioso blogueiro de cuyo nombre no puedo acordarme, por cuyos favores anticipamos gracias.
Aún no sé si es niño o niña, pero no le doy a eso mayor importancia. Sólo le demandaré su compañía. El tío Sísifo sabrá corresponderle en el afecto.
En cuanto averigüe cómo, colgaré de aquí una foto del interfecto. Mientras tanto, imaginación, amables lectores.
Hoy nací con una cuerda atada a mi cuello. Las ganas de llorar me subieron a los ojos en cuanto me sentí empujado fuera de la cama por el frío de las sábanas desiertas. Aleph era quien ponía calor en nuestro colchón, yo me acostaba cada noche y me arrimaba a él hasta que alguna esquina de mi cuerpo tocaba su piel ardiente. Un silbido pautaba su respiración. En ese momento yo era feliz, y se repetía cada noche, todas las noches. No hay brasero que me devuelva ese calor, mi casa es fría ahora y, como Alonso Quijano, tengo el seso medio reseco de poco comer y mucho leer. El cuerpo se me resiente y me reclama descanso pero, lo más, consigo sólo enhebrar sueños plagados de pesadillas imposibles de recordar y me levanto la noche mediada hasta que, de pie ante la ventana, reparo en que la hora es ya intempestiva y la madrugada está a llegar.
Si yo pudiera recordar mis sueños… sospecho que muchas cosas se me presentarían más claras.
Como el título de este blog reza, me estoy haciendo viejo, ya no estoy para andar subiendo piedras montaña arriba, y mucho menos para perseguir hermosas gacelas que me tientan con sus carnes sonrosadas. Demasiado ácido úrico tiene la carne, y mis encías no me dejan roer bien los huesos.
Las personas, en especial los hombres, somos bastante primarios, no más complejos en nuestro funcionamiento que una medusa, respondemos de forma predefinida a casi todo y encontramos la manera de adornar nuestras respuestas para hacerlas más dignas de consideración.
Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza.